La familia, los moralistas, sociedad.

«Lo que más odia el rebaño en aquel que piensa de modo distinto, no es tanto la opinión en sí, como la osadía de querer pensar por sí mismo, algo que ellos mismos no saben hacer.»

Schopenhauer

Cuando decidimos hacer algo en nuestra vida que se encuentra fuera de los cánones establecidos por la sociedad nos sentimos aterrados, amenazados y por ende intentamos ser cautelosos a la hora de expresar nuestra opinión.

¿Pero qué pasa cuando la presión que ejerce nuestro entorno -dígase: familia, sociedad, idiosincracia, circunstancias- anula o casi asfixia nuestra voluntad, nuestros deseos y termina cercenado nuestra vida?

Es un factor que nos atañe a todos, la mayoría asume patrones de conductas que le resultan ajenos para no ser excluidos o ser considerado un imprudente. Todos de una forma u otra, lo hacemos. Aquellos que tienen el valor de romper con los convencionalismos, pueden llegar a pagar el precio de llevar sus vidas aún más a la deriva.

Sin embargo, armamos de argumentos sólidos y no dejarnos amedrentar por los prejuicios y vaticinios de los «enjuiciadores», hace que estos terminen apreciando nuestra valentía y se harten de molestar.

Las personas que sólo conciben como verdadera la «familia tradicional» suelen tener en su mayoría argumentos de tipo religioso. También existen individuos con filosofía de vida conservadora y una manera intransigente de percibir la vida que solo concibe su realidad y su experiencia como «mejor imposible».

Actuar en defensa de la familia coparental, es actuar a favor de los derechos de personas que han decido llevar adelante un proyecto de familia al margen de los preceptos establecidos para la gran mayoría de las sociedades.

Existen temas tan manidos, y no por ellos menos importantes, como la aceptación de la homosexualidad. Entre los que han asimilado al colectivo LGBT como algo ya «habitual», ir un paso más allá y consentir que éstas personas puedan formar una familia, se convierte en un reto. La excusa preferida para atacar este tipo de tendencia es similar a la que utilizan las personas que se declaran abiertamente en contra del aborto: el niño y sus derechos.

Los que se cuestionan si dos o más personas de un mismo sexo deberían capaces formar una familia, cabría pregúntales: ¿Pueden presumir los defensores de la familia tradicional de haber formado únicamente seres humanos de costumbres éticas y nobles? Que se conozca, ninguno, de los grandes criminales de la historia de la humanidad ha sido educado por familias homosexuales o coparentales. ¿Qué hecho justifica que la vida de un niño será mejor o peor al no ser educado por padres heterosexuales? ¿Acaso los hijos criados en el seno de familias tradicionales no acuden al sicólogo para superar traumas de la infancia, las rupturas matrimoniales, abuso infantil, carencias afectivas, celos entre hermanos, trastornos de personalidad, deficiencias en el aprendizaje, etc.?

Ahora pongámonos en el lugar de los padres homosexuales. Los más puristas defienden que una familia es el resultado del matrimonio de un hombre y una mujer. ¿Acaso dos o más personas del mismo sexo deberían abstenerse de dar rienda suelta a sus instintos paternales para proteger lo que tradicionalistas llaman la «familia», la sociedad, los valores, etc.? A los que se proclaman «salvadores del niño y sus derechos», que no ven más allá de sus narices, la vida misma tendría ilustrarles con experiencias oportunas el significado de la palabra discriminación.

Jesús, el profeta de la religión Cristiana no vino a juzgar ni a condenar a los seres humanos por su naturaleza. El mensaje principal que intentó transmitirnos y con el que también se identifican el resto de los profetas de otras religiones, tiene que ver con el Amor. Y el Amor no es esa idea idílica de «amémonos unos a otros» que muchos traducen en «soportémonos unos a los otros» , el Amor es lo que nos inspira a medir nuestras acciones para no hacer daño y esmerarnos en hacer el bien, a ponernos en el lugar del prójimo y dejarnos de tanta hipocresía y manipulaciones para justificar el miedo a lo nuevo.

Como la moral y las creencias son personales, el proselitismo o la necesidad de convencer a otros, solo puede explicarse aludiendo a la propia ambición o deseo de superioridad. Realmente, puesto que las creencias tiene una raíz no racional, es imposible hacer cambiar de opinión a una persona, lo único que se puede hacer es cambiar la forma de expresar una misma opinión. Por ejemplo, se puede convertir a un católico radical en un anarquista radical, puesto que ambas posturas son sentimentalmente paralelas y responden a unos instintos equivalentes, aunque sus argumentos racionales parezcan colocarlos en las antípodas.

Las familias coparentales tienen el mismo derecho que las familias tradicionales a existir y a errar. Todo aquel que se empeñe en destruir este tipo de familia, lo hace desde el desconocimiento, la ignorancia, el prejuicio… el mismo sistema de pensamiento que perpetúa el odio hacia los semejantes que defienden su derecho a llevar una vida plena.

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